sábado, 25 de abril de 2009

Una bala en el cráneo


¿Qué o quién soy yo? Acaso un simple "hacedor" de minucias sin sentido que va recorriendo nocturnamente los interminables pasillos de una galería infinita, la galería del infierno. ¿Acaso soy tan sólo una imagen perdida en el tiempo? ... "¿Pablo y Pedro, figuras del Greco cubiertas por el polvo de una larga andanza?"... El tiempo que le ha tomado a una bala penetrar en mi cráneo.

Soy un deambulador nocturno de viernes solitarios, cigarrillo apagado en mi siniestra, pistola bajo el brazo. Buscador y observador de pesadillas ajenas mal logradas, que se disuelven bajo la indiferencia de una sonrisa perversa. La sonrisa de R. Y un buen día yo...

"Vida y muerte le han faltado a mi vida. De esa indigencia, mi laborioso amor por estás minucias", una cita que atesoro desde la adolescencia. Soy lo que aquella bala dejó, un mero cadáver. Pero ahora una canción desconocida retumba en mi cabeza como un eco lejano y mis ojos no se abren:

"Why should I stay here?
Why should I stay?
I'd be crazy not to follow. Follow where you lead..." Y si lo que pregunta la canción es cierto. ¿Acaso debería yo quedarme aquí? ¿Para qué?

Buenas noches linda, mi nombre es Alcántara y será todo un placer acompañarte a donde quiera que nos dirijamos ahora. Ella me guía hacia una puerta. Es la puerta de salida: un gran e iluminado letrero de neón (que prendiendo y apagando), como esos que suelen verse en las películas o en los hoteles de putas, nos anuncia triunfalmente la palabra: SALIDA.

Al abrir mis ojos un negro e infinito vacío se extendía ante mi vista. Pero R no estaba allí, sino en otra parte, en cualquier parte.

miércoles, 22 de abril de 2009

siete: Un sepelio ficticio

La vagabunda besa su frente, extrae a besos apasionados la bala. Mordisquea las costras que arranca con sus labios, la muerte es una golosina que sabe a pólvora coagulada. Como todos los dulces, la venganza provoca sed.

Después de recibir una bala en la cabeza, no volverse loco es dejarse corromper por la agonía. Mejor recupera la fuerza cubriéndose con periódico para protegerse del frío, hay que explorar la médula espinal de la realidad, resistir la tentación de reanudar el cálido hogar. Su familia es película dramática de ficción, la calle es el hospital más discreto. Que la ficción lo declare muerto.

¿Qué es para un niño el sepelio de su padre con el ataúd vacío? El féretro contiene trozos de pavimento manchado de sangre, basura manchada de sangre. Una ceremonia triste que representa un alivio para la pareja de extraños que contemplan a lo lejos el funeral. Con el llanto de los familiares, R. y su nuevo brazo derecho descuentan un nombre de la lista de enemigos. ¿Qué es para un niño el sepelio de su padre en que todos asisten incluso el asesino?

Con la boca cerrada, sin derramar una lágrima, con los puños temblando de furia, el niño aguarda el final del interminable llanto de su madre, agarra un poco de tierra, y antes de arrojarla al fondo de la tumba, piensa.

Papá, me vengaré, mataré al que te mató. Lo mataré ahora.

Justo en el instante que la tierra arrojada toca el fondo, los mariachis callan. Y R. descuenta todavía más enemigos de su lista. Sólo los asesinos innatos tienen el talento de olfatear a miles de kilómetros la lujuriosa fragancia de la justicia a mano propia.

Mucho antes que lleguen otros elementos de seguridad al charco de sangre dentro del panteón, el muerto comprende que cuando miente la muerte, se lleva a todos menos a él.

Y la vagabunda hace un digno espectáculo de dagas envenenadas, el árbol que fue utilizado para exhibir su impecable puntería cayó seco sobre la tumba de Alcántara, justo adonde el niño tuvo la genial idea de atrincherarse unos minutos atrás de la inesperada balacera.

El niño atrapado en la tierra que apesta a cadáveres de sus tatatatatarabuelos sepultados en la tumba del lado derecho, afila los huesos de sus dedos cavando la tierra, ¡quiere vivir! Profana la madera putrefacta de los otros ataúdes para ganar unos centímetros de ventaja. Sin manos ni antebrazos, es encontrado mientras veía acostado temblando de frío el letrero EXIT del panteón, apestando a muertos prehispánicos, de esos que gozaban extraer corazones en lo alto de las pirámides. La ambulancia fue la herramienta para salir.

¿Qué tan poderosa es la venganza de dos cuerpos mutilados? Sólo R. puede averiguarlo.

viernes, 10 de abril de 2009

De lo que hacía una rata solitaria en un rincón....




En noches solitarias, de ésas en las que desearía poder huir o arrancarme los ojos, las voces inundan mi mente.
En aquel cuarto mohoso, con el piso lleno de colillas de cigarro y de montones de billetes pisoteados, no puedo soportar la dura mordida del tiempo; en ocasiones las repentinas ganas de pegarme un tiro rascan desde las paredes, como ratas invisibles. Pero no, "... los ambiciosos nunca cometen suicidio." Así que en lugar de acabar el juego, dejo que las voces vengan a mí y deambulen por mi cerebro. Nada del otro mundo, nada de esquizofrenia, tan sólo un recurso de los solitarios.
De entre todas las voces que giran dentro de mi cabeza, la más fuerte, la que llega a imponerse en la mayoría de las ocasiones, es la de un personaje que frenéticamente confiesa sus culpas, como si de ello dependiera todo su discurso y su discurso fuera su total existencia. Esta lastimera voz a veces se torna dominante y me exige con rigor que yo escriba en un papel lo que me dicta, aquellos nombres que juré jamás recordar. Pero yo simplemente río mientras prendo otro cigarrillo. Aquel débil bastardo no podrá convencerme, no podrá ganarme.
A veces me hace perder el control, me obliga a gritarle, a ordenarle que se detenga. Pero la voz nunca se calla. No se va ni cuando arrojó el cenicero contra su escurridiza sombra, la cual huye hacia otro rincón. No se aleja ni siquiera cuando me arañó la cara con manos sudorosas y corto el cartucho de mi arma, con la esperanza de algún milagro. El silencio no existe en mis noches desde hace mucho, tal vez por ello una de las soluciones ha sido inundarme de ruido.
Ahogar la noche en música, en Whisky barato, acompañado de algunas cuantas líneas y de un poco de carne femenina. Absorber el sudor que un cuerpo ajeno produce, aplastar mi tejido contra la piel nocturna de alguna desconocida con olor a durazno. Me gusta el durazno, siempre me ha gustado. Blusa negra, falda roja, botas altas y olor a durazno, nada complicado, no me agrada lo complicado en las mujeres.
Así, desde meses atrás, todo se ha convertido en traer aquel amuleto de durazno a mi cama, noche tras noche y esperar, esperar hasta que la luz haga callar todas las otras voces, todas las sombras y, lentamente, también los obscenos jadeos de mis acompañantes.
Nada es suficiente. La voz siempre regresa, cada vez con mayor insistencia, noche tras noche en medio de mi hediondo aislamiento. Sin perdonarme... sin concederme ni un instante del tranquilo aislamiento al que quisiera entregarme. Sólo serían un par de meses (según me prometieron) y después podría largarme de aquí hacia donde yo quisiera, hacia el culo del mundo, si fuese tal mi gusto. Pero la cosa se complicó. Sí, se complicó y la jodida voz lo sabe. La voz lo sabe todo. Es por ello que a veces me susurra al oído, con tono de peluquero que te conoce de siempre y con su asqueroso tufo a cigarro: "R no ha muerto, sigue vivo y te va a encontrar a ti, puto traidor, mierdoso Judas... ¿Te rasuro un poco la patilla... o mejor la garganta entera, Chulo?"
La chica se despierta sobresaltada. Le digo que se calle y vuelva a dormir, que no ha sido nada, tan sólo un espejo quebrado por una botella vacía... Le ruego que se quede un rato más pero ella me dice que tiene que irse. Parece nerviosa... ¡Ja, como si nunca hubiese oído algo así antes con alguno de sus proxenetas golpeadores! Me dice que tiene que irse..Aún parece asustada e incluso está dispuesta a no cobrarme en esta ocasión. Le digo que espere, que yo invito... Me levanto de la cama (tal vez ella ya lo sepa) y me dirijo hacia mi pantalón en busca de algo. (Tal vez ya se haya dado cuenta de mi secreto... Que fui yo, la jodida rata, el comemierda del Chulo, quien vendió al Boss). Remuevo un poco mi pantalón mientras meto la mano en busca de mi cartera. (No puedo dejarla ir así como así) El sudor corre a chorros sobre mi rostro (tal vez ella crea que he sorbido demasiado perico), cuando siento la culata de la nueve milímetros surgir de entre la mezclilla. (El peluquero me dice que es inútil cualquier cosa que intente, que tan sólo soy otra rata arrinconada). Finjo que tomo la cartera, incluso le lo digo en voz alta, cuando en realidad estoy quitándole el seguro a mi arma (No puedo dejar cabos sueltos, el jefe puede olerme desde donde quiera que esté, R es DIOS).
... Dulces sueños, mujer de durazno.

jueves, 9 de abril de 2009

Nueve

El peligro más débil asecha mientras es asechado por enemigos íntimos. Enemigos que al ser vistos no son vistos sino confundidos con una alucinación fácil de ignorar. Se acercan, el peligro deja de ser peligro por un miedo insospechado. Un miedo que nadie imaginó encontrar ahí, ¿R. tiene miedo? Imposible. R. es dios. ¿Qué temen los dioses? Nos abandonaron siglos atrás porque los aburrimos. Sin temor aburre la vida.
Dispara contra los fantasmas.
Se equivoca, cuestiona, se equivoca consigo mismo, ¿son fantasmas o está perdiendo puntería? Se deja atrapar, si sucede algo, ya no dispara bien. Necesita lentes. Si no pasa nada, mañana cuando despierte, pintará de rojo los agujeros nuevos en la pared. Si sangra la pared, sangran los fantasmas. Fantasmas entran a la habitación heridos por una pared que sangra.
Se equivoca. Destapó por nada la lata de pintura roja, no llegaron las balas hasta la pared. No hay manchas de sangre en el suelo. No fue una pesadilla, hay casquillos vacíos debajo de la cama. Olor a cigarros enmohecidos. A vagabunda que domina brujería. Enemigos íntimos que ponen a prueba la fragilidad de un dios.
Los dioses huyeron, a los dioses no se asesina con muerte sino con miedo. Los fantasmas que ya no tienen nada que perder aterran, son inmunes a la muerte, ya están muertos. Muertos que necesitan la muerte de de su verdugo para descansar en paz. La esquizofrenia, la imaginación, el olvido son venenosos para los dioses.

***

Dispara, dispara, dispara. Aún no te ha olisqueado, nadie sabe que estás aquí. No lo hagas, no lo hagas, no lo hagas. La muerte no está para arrepentirse, es para recuperar a los amigos matándolos mientras duermen. R. no es mi amigo, es mi odio. La muerte no está para el odio, lo lamento, no te conseguiste el boleto al infierno. Lo lamento, aquí no cabe nada, necesitas otra muerte para tener espacio. Para recordar la vida, sentir algo, necesitas matar a alguien para tener espacio. Mátalo, mátalo, mátalo porque te mató.
- Cógeme como nunca antes en tu puta vida.
Los alaridos de la puta consentida de R. ahuyentan a las voces en mi cabeza. Sin embargo, cuando me venga R. me apuntará con su arma. Por callar las voces de mi cabeza desperté a mi víctima, más peligrosa que yo.
- ¿Chulo?
No me matarás. Chulo no muere dos veces, tú te mueres mil veces. Disparos, disparos, disparos, disparos, disparos, disparos, disparos, se escuchan más disparos. Desquiciado vacío mis revólveres. Babeante huelo la pólvora, llorando me empapo las rodillas de sangre. Su sangre. Un dios ha muerto.
Sus subordinados, sus devotos creyentes intentan derrumbar la puerta. No escucho sus voces, las voces de mi cabeza callan las voces de los hombres que intentan derrumbar la puerta. Estoy acabado.
Una puerta blindada es útil para ganar tiempo.
No estoy acabado. Saco mi cuchillo de explorador, la adrenalina calla las voces, realizo sin distracciones una serie de tajos en la piel de R. recordado El silencio de los inocentes. Y soy inocente ante los ojos de los subordinados d R. que creen que yo soy R.
Y se llevan los cadáveres sin rostro. Y yo me quedo con el rostro d R.

***

Los muertos del pasado y los muertos del futuro averiguando algo en su recorrido al presente. A pie recorren ese túnel temporal. Horizontal. La luz blanca entre el mar helado y el cielo negro. Los muertos que vienen al presente para recordar el rostro de R.

Su verdugo.

Sólo los muertos conocieron la idéntidad de R. Dicen por ahí que R. huyó. Dicen los psicólogos que huía de sí mismo. Dicen las viudas embarazadas que huía de arrepentido de haber nacido. Sus esposos quisieron ser héroes en aquel siniestro incidente. Ese día que la seguridad nacional intentó derrumbar un edificio para matar a un joven. El nacimiento de un dios. El principio.

Con miedo se mata a un dios.

martes, 3 de marzo de 2009

Diez, mi número de la suerte...

 Parte I: Voces




Alcántara, ese viejo perro de la policía federal se perdió entre las páginas del archivo burocrático del tiempo. Su mujer lo dejó por pendejo o por honesto, entiéndase como se quiera y como se pueda. Su hijo se volvió loco (demasiados videojuegos de guerra decía el psiquiatra). Pero después de un tiempo agarró el patín, como quien dice, se rehabilitó y se hizo criminal. Bueno, se hizo policía federal aunque ya en estos tiempos, ser lo uno o lo otro va junto con pegado.

Diez años pasaron desde la caída y ascenso del gran dios R, mejor conocido como el Rey de Reyes, el tlatoani del norte, El lobo emplumado, el Jefe de Jefes, el Maestro oscuro del infierno, Mr. Mistery, Santo patrón del Polvorino blanco o el Señor de todo lo visible e invisible y todas esas mamadas que se inventaron los medios para nombrarlo. Se le pensó muerto pero el muy culero andaba escondido y resucitó al tercer día, como el pinche Yisus. Te voy a robar un cigarrito si no te molesta...
(Una mano alejó la cajetilla de cigarros antes de que el hombre sentado en la silla pudiera tomar uno).
Bueno, no te enojes... Como te decía, entonces el pinche R se hizo pasar por muerto pero andaba ocupado haciendo alianzas con  políticos y empresarios corruptos del Estado de México. Dejó la maquinaría del norte olvidada un rato para afianzar el centro y, después, con todas estás mafufadas del cambio de presidente, el culero se levantó en armas como el pinche diablo: chingo de masacres y destrucción a lo largo y ancho del país (casi que del planeta). Incluso dicen que el R andaba ya hasta haciendo pactos con pinches príncipes del Irán y toda la madre Talibán para comprar armamento chingón. De ese que hacen los rusos y los chinos, puro full metal jacket, como dicen los gringos... Pero yo creo que ha de ser mentira eso de los pactos, porque yo medio que conocí a ese culero y el R no hacía pactos ni con su pinche madre.

Ese cuento ya me lo sé, pendejo –rugió una voz que venía del rincón más cercano; una voz clara y seca como gruñido de dóberman listo para saltar al cuello. De entre las sombras surgió un brazo armado que se colocó en la sien del hombre sudoroso que estaba sobre una vieja silla de plástico, siendo interrogado. No había demasiada luz en aquel cuartucho, tan sólo un par de velas y una computadora. A los pocos segundos un golpe cruzó la cabeza del hombre sentado. El hombre oscuro tuvo que esperar a que su víctima se recuperara un poco.
¿Entonces qué mierdas es lo que quieres saber, wey?- preguntó el interrogado con voz chillona mientras un hilo de sangre y moco le escurría desde la nariz. Sus manos se movían nerviosamente alrededor de su cara, como intentando anticipar el siguiente golpe.

-Quiero saber sobre ése al que llaman Alcantarita... y ya no me hagas perder mi puto tiempo o...- la silueta colocó su pistola sobre los testículos del interrogado- ...no te irás completo de este cuarto, Chulo.

-¿Me vas a chingar?- preguntó el Chulo entre cansado y asustado.

-Eso no está en mi plan Chulo, de momento, pero sé de otros cabrones que te andan buscando. Eres muy popular Chulo, como el putito local en una base del ejército.

-¿Eres…? ¿Eres tú Boss?

- No, pero a ese culero también lo ando buscando...



Parte II: (Interludio) …Tan sólo balas

Don Chava, el viejo capo del Cártel de los Jiménez-Villaseñor y Eddie, su hijo menor, penetraron en el inmundo cuarto para llevar a cabo su reunión de emergencia.
Aquel ruinoso cuarto apestaba a mierda y a otras inmundicias, pues era el fumadero privado del nieto idiota y drogadicto del viejo Jiménez-Villaseñor. “Un jodido nini”, como el mismo Don Chava solía decir sin temor a que el chico lo oyera.
 Por el olor y las circunstancias la reunión tendría que ser “más rápida que el coito de un eyaculador precoz”, según venía diciendo Eddie mientras manejaba la camioneta. A veces a Eddie le gustaba usar vocablos que le parecían muy cultos, como “coito”, para impresionar a su viejo.
La situación era crítica pero aún en situaciones así, don Chava, a diferencia de sus hijos, sabía mantener la calma. Lo único que podía hacerlo estallar era el tratar con su primogénito, Juanito, al que abiertamente consideraba un débil mental. Esa tarde, por desgracia, tendría que ver necesariamente a Juanito. Por ello se había hecho acompañar de Eddie. Antes de tomar sus pastillas para la diabetes, el viejo Capo recitó para relajarse un antiguo dicho que había memorizado desde joven: “Hoy no habrá balas para mí, tan sólo suerte”
Juanito los esperaba sentado en el derruido comedor de aquel cuartucho, mientras nerviosamente intentaba pelar un limón seco. Al parecer ya traía varios tragos encima, como anunciaban las botellas vacías que lo rodeaban, asemejando una muralla de majaderos soldados de vidrio. Él levantó los ojos y sonrió insulsamente a su padre y hermano. “Es casi tan pendejo como su hijo Joe, el drogadicto marica”, pensó Don Chava al verlo allí y al oírlo vociferar tonterías y bravuconadas a Eddie contra R. Don Chava observaba la situación desde un gélido ensimismamiento, mientras Juanito seguía increpando a su hermano con estúpidos planes para salvar la situación. De pronto y sin previo aviso el capo mayor, en un violento estallido de furia, tomó una botella José Cuervo del suelo y se la arrojó al rostro. Juanito apenas logró evadirla. Al instante el viejo desenfundó, con una veloz maniobra, su Desert Eagle .50 dispuesto a privar a su propio hijo del uso de una de sus manos. “¿Derecha o izquierda, cabrón???” gritó el viejo fuera de sí. Pero en ese momento, Eddie, haciendo gala de su gran prudencia, detuvo al padre. “Cálmate, papá. Todavía no.” – le dijo con una sonrisa a don Chava. No había razón para acabar tan pronto con el traidor, pensó Eddie; primero había que sacarle toda la verdad.
Pocos minutos después Juanito estaba amarrado en una silla y el brutal interrogatorio de su hermano menor había comenzado.
No importando que fuera su propio hijo, don Chava disfrutaba del espectáculo, pero no porque se recrease con la contemplación del sadismo, sino porque sentía que esa era la merecida paliza que él mismo nunca había podido darle a tiempo a Juan, como correctivo pedagógico. La madre, que en paz descanse, lo había sobreprotegido demasiado. Y tal vez, después de todo, sí disfrutaba un poco de la brutalidad en algunos casos. Además Juanito era un imbécil que se merecía eso y más; lo único que había hecho en la vida había sido derrochar el dinero de la familia en apuestas, casarse con una prostituta de la televisión y engendrar a un vástago drogadicto y homosexual. Y no obstante con eso, el muy traidor se había dado el lujo de intentar venderlos a su enemigo jurado, al pinche R; aquello último era imperdonable. “¡Venderlos a ese pendejo de R no podía ser! Hace mucho tiempo Don Chava había intentado borrar esa podrida letra del alfabeto criminal del norte; muchos políticos corruptos de Monterrey habían accedido a ayudarlo. Mucho tiempo creyeron haber tenido éxito. Creyeron haber vencido a ese fantasma. A ése al que durante diez años creyeron quemado hasta los huevos y que de la nada había regresado para iniciar una guerra contra todos ellos. Contra todo el país. Ese hijo de puta que no respetaba pactos ni acuerdos; que lo quería todo para él solo. R se daba mucha importancia desde que se rumoraba que tenía hasta a los del gobierno contra la pared, bien agarrados de los huevos: porque supuestamente R poseía vídeos y grabaciones que implicaban hasta al mismísimo presidente de la república… "Pero ya se le va a acabar el cuento a ese puto R", se dijo Don Chava, "...Porque yo sé tratar a los perros rabiosos como él.”
Tal vez lo que más le sorprendía al viejo Capo era que una sombra se atreviera a poner en duda su poderío e incluso a levantar sus armas contra él, contra el mismísimo don Chava quien antes fuera considerado el Mero Cabrón del Norte. Además, si él hubiera querido matar a R de verdad, no se hubiera conformado tan sólo con mandar quemar su pinche edificio aquella vez (esas eran mamadas), lo hubiera despedazado en persona. Pero el pendejo de Morales la tenía que cagar y regar la sopa. Y todo por caliente, por ambicioso de mierda; por quererle jugar a dos bandos. Además con la muerte del capitán Preciado, su contacto en la policía federal, todo se complicó más. Las criadas gritaron mucho cuando encontraron la cabeza del capitán flotando en la alberca de su casa de Sinaloa. Y para chingarla, aquel día Eddie había llevado a sus hijas a verlo. Aquello fue una afrenta típica del pinche perrito de R, del pinche Alcantarita. Ese jodido niñato ya aprendería, ya aprendería cuando Don Chava lo encuentre, le corte los huevos y lo haga confesar todo sobre R…”
El viejo pensaba en todo esto mientras seguía observando en silencio la tortura infringida a su propio hijo, por las hábiles manos de su otro hijo. Cuando Eddie tenía que sacar dientes le producía un asco infinito y prefería aprovechar para hacer otra cosa, tal vez ir al baño un momento o ir por agua para tomarse su Captopril.
Juanito estaba cubierto de sangre y, aun así, no paraba de suplicar y de jurar por su inocencia. Pero el sordo martillo de Eddie no se detenía ante nada.
Una caaamioneta gris, con placas de… Un timbre de celular detuvo el tiempo por unos instantes. Los tres hombres se miraron. “No es el mío”, dijo Eddie. Era el celular del hermano torturado, que sonaba impertinentemente. Eddie paró y Juanito, tan pesado como un costal de cemento, cayó al polvoriento y sucio suelo. El viejo desde su asiento hizo algunas señas imperativas a Eddie y el hijo procedió a contestar.
 La voz de Guzmán, uno de los subordinados de confianza del cártel, surgió desde el aparato. Era muy raro que su lugarteniente los interrumpiera de esa forma cuando, de antemano sabía él, que se encontraban en medio de un asunto de familia. “El jefe les manda saludos a los tres” –dijo Guzmán jovialmente, lo cual erizó los pelos de la espalda de Eddie. “Pon a tu pinche viejito al teléfono, pequeño Eddie, que el nuevo jefe quiere hablar con él” –ordenó la vulgar voz de Guzmán en un tono que nunca antes le habían escuchado. El martillo de Eddie cayó al suelo junto con una bolsa que contenía los dientes de Juanito. El viejo notó que algo pasaba con esa misteriosa llamada y cuando Eddie se disponía a interrogar a Guzmán, el viejo le exigió el teléfono. Eddie obedeció sintiendo como si sus manos pesaran más que todo su cuerpo –pues ahora conocía al verdadero traidor– y, sin mucha convicción, le pasó el celular a su padre.
“¡Hoooola Abuelito!”. Le desgarró el oído la chillona voz de Joe, su nieto. “Les dejé una sorpresita en el baño. ¡Busquen, por favor! Anda, manda a tu fiel San Bernardo Eddie.”.
Sin perder el gesto de dureza en su rostro, el viejo le ordenó a Eddie revisar el baño. Y, contrario a todo lo antes pensado, allí estaba la respuesta al problema. Yacía allí, completamente desollado, mutilado (y tal vez más), el Chulo. El antiguo lugarteniente de R, el muerto de hambre que les había ayudado a quemar la fortaleza de su enemigo. El pinche traidor de mierda.
“¡UYY! R te saluda, Abue. Dice que encontró a tu amiguito entre los puteros de la capital y que te lo mando con cariño de vuelta.”
“No seas pendejo, Joe”, respondió con voz metálica el viejo, “…R te va a joder a la menor oportu…”
Unos golpes brutales retumbaron en la puerta de la guarida en aquel instante. “Tú no te preocupes tanto por mí, abue. Ya deben estar por allí los federales, ¿no?” –exclamó Joe lleno de alegría con su exageradamente afeminada voz. Don Chava, colmado de ira tiró el celular y, mientras el nerviosismo empezaba a roer sus entrañas, desenfundó su arma a la par que Eddie. Sabía que su hijo menor se mantendría leal y valeroso hasta el final, como un gran sabueso. Don Chava casi pudo imaginarlo lanudo y sacando la lengua con mirada estúpida, como si fuera un perro grande e idiota. Una bala salida de algún punto desconocido, sin previo aviso, hizo saltar los sesos de su hijo mejor contra la pared. En ese momento el viejo se dio cuenta de que estaba solo a su suerte.
En la puerta comenzaron a escucharse disparos y gritos de hombres forzando la entrada. “¡Policía Federal, Policía Federal!”, clamaban las voces. Seguramente el chofer de don Chava y el resto de sus soldados ya estaban muertos, así que era mejor prepararse para lo peor, porque los siguientes serían Juanito y él.
Mientras los tiros comenzaban a silbar dentro del recinto, desde el celular en el suelo aún podía escucharse la chillona voz de Joe: “Una buena parte de esto lo aprendí de ti abuelito. Aliarse con el fuerte, como hiciste tú en los años 80… Sé que nunca te agradé y es tarde para que te arrepientas pero… ¿No crees que me debes una disculpa? Siempre decías que yo era un putarraco bueno para nada. Te burlaste cuando quise estudiar para modelo profesional. Nunca me apoyaste. Decías que eso era para putos, que los verdaderos cabrones lo resolvían todo a balazos como Amado Carrillo tu compadre y como tú… Tal vez tenías algo de razón. Espero que sepas apreciar la forma en que jugué mis cartas...”
Una horda de balas perforaron la puerta y pegaron sobre el inerte cuerpo de Eddie; a la par que Juanito recibía treinta tiros en su lugar, en el suelo. Don Chava lleno de horror se atrincheró junto a una mesa caída boca abajo. Al parecer el negocio ya no era lo que solía ser, ni él tampoco. Los federales de ahora eran más volubles que putas sifilíticas; jalaban siempre con el que la tuviera más grande aunque la tuviera chueca.
Los artríticos dedos del viejo no le respondían bien al sujetar la pesada escuadra. Trató de calmarse. Se dio cuenta de que no había un mensaje de Dios en todo aquello, sólo balas rugiendo furiosas; balas como el único significado de su vida. La moraleja de todo esto, para un viejo como él, era la nada. No existe una jodida moraleja en la vida. Así es, no había nada de malo en morir allí (siempre había deseado morir peleando) pero le avergonzaba que fuera a manos de un pinche maricón con la nariz operada, como su nieto. “Hubiera preferido morir a manos de R pero ese culero nunca da la cara…”, pensó. Y mientras intentaba desentrañar en sus últimos minutos los sombríos planes de ese ser llamado R, comenzó a arrastrarse lejos de las balas.
A sus pies, la fastidiosa voz del celular seguía diciendo… “Y ya no te preocupes tanto, Abuelito, pues hoy no habrá suerte para ti, tan sólo balas…Au revoir!”


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